El trabajo de Dalila Virgolini (Mar del Plata, Argentina, 1984) es fundamental y nuclearmente construído, delicado en formas y lenguaje (preciosista), compulsivo (obsesivo) y voyeurista -aunque sea hacia sí misma-, que pone en juego su propia identidad (retrato, autorretrato), metódico y, finalmente -y perdónenme la licencia y el tópico- más cercano al universo creativo de una artista que al de una fotógrafa *1.

Desde el primer momento que observamos la obra de Virgolini, y como acabamos de adelantar, se puede adivinar que es un trabajo que versa sobre la cuestión de la propia identidad (y en ese sentido es de autorretrato). Pero además hay un segundo aspecto que va mucho más allá y que se ha de destacar. Y es que nuestra autora saca a la luz la idea de que, en el contexto tecnológico y mediático actual (con este mundo virtual de tremendas conexiones, con su muy desarrollado poder de comunicación interpersonal), la cuestión de la propia identidad está configurada e integrada de una doble manera: por la identidad personal individual y por la-también- identidad personal pero social/mediática/pública. La exposición/proyección pública de uno mismo, de su imagen, se ha universalizado, se ha facilitado considerablemente. Si antes de la revolución digital y de internet tener un desarrollado perfil social/público/mediático era privilegio de unos pocos, ahora esta cuestión se está -de alguna manera- democratizando. Cada vez más cualquier individuo puede tener una cierta proyección social que se puede ir extendiendo por la red y hacerse más o menos exitosa. En este mundo de Facebook, Twitter y demás, todos *2 queremos ser los más visitados, los más reclamados y los más comentados en nuestros perfiles. En definitiva, cada vez se hace más necesaria tener una identidad personal pública/social/mediática. Dalila Virgolini es consciente de ello y, con su obra, se adentra en una inteligente parodia de sí misma para investigar sobre cómo nuestra propia personalidad y las distintas facetas de nosotros mismos se consolidan en función de estas -nuevas- relaciones sociales, en función de cómo nos ven los demás. Así, vemos en su obra completa (que, recordemos, abarca fotografía, vídeo y arte en red) la conformación exagerada y precipitada (es decir, crítica) de una de estas identidades personales mediáticas (en concreto, la suya) creada, además, bajo un sinfín de tópicos y estereotipos (pero, como veremos, tópicos y estereotipos de sí misma, no estereotipos de género como ha hecho Cindy Sherman). Es decir, las actuales redes sociales nos permiten más y mejor que nunca crear un personaje público de nosotros mismos. Y hacerlo de una manera muy codificada, un poco a la carta. Nunca antes podíamos tener una proyección pública que, si queremos -y tenemos capacidad para hacerlo-, puede no coincidir exactamente con lo que somos realmente sino que podemos hacer que coincida con la idea de cómo desearíamos ser vistos. En este mundo contemporáneo, de nuestra imagen pública se priorizan las apariencias, más que las esencias. Nunca antes podíamos tener una identidad pública tan construida, tan representada. La propia autora define perfectamente su trabajo: << Las redes sociales nos permiten crear un personaje, no necesariamente a imagen y semejanza nuestra, pero que se transmite abiertamente y en conjunto al telegrama tácito: "quiero ser...". Reproduzco en imágenes esta necesidad de aparentar para ser, o de ser en apariencias>>. Subrayo la última frase porque es la mejor síntesis de su obra, la necesidad -tan actual, tan contemporánea- de aparentar para ser, de ser en apariencias. Virgolini también afirma [los corchetes son míos]: <<trabajo con la idea de identidad, que en relación con la (sobre)exposición internética [que se vive actualmente], se transforma en un personaje que se hace y deshace para la posteridad. Ese afán de mostrar la intimidad como medio actual para confirmar la propia existencia, me interesa particularmente. Juego con la representación de mi propio mito anticipado, abriendo también la reflexión a los estereotipos, los sueños personales y colectivos y la [también actual] necesidad imperiosa de trascendencia [social] >>. Inevitables, por tanto, resultarán para muchos las semejanzas entre la obra de Dalila Virgolini y la de Cindy Sherman, con esa deconstrucción de la identidad que ambas realizan *3.

Pero hay matices diferenciadores. Las dos trabajan sobre un mismo soporte físico, el de su propio cuerpo (se autofotografían), investigando lo que podríamos definir como una elaborada ficción del yo (un yo discontinuo e interminable, ubicuo, ambiguo, lleno de falsedades, travestido y disfrazado, interpretado y representado incesantemente, múltiple y estereotipado, un yo entendido como construcción imaginaria, un yo que es agente pasivo y activo de la historia que se nos narra). Pero es precisamente, como ya adelantamos, en la cuestión del rol y el estereotipo donde podemos encontrar la principal diferencia. Porque Sherman habla en genérico y Virgolini en específico. Me refiero a que la multiplicación de retratos hasta el infinito de la primera diluye por completo su verdadera identidad y, de hecho, no debería ser considerada como una obra de autorretrato (nunca se representa a la verdadera Cindy Sherman, la autora nunca trabaja sobre su identidad real sino, como sabemos, sobre el estereotipo de género femenino en los medios, en el cine o incluso en la propia historia del arte). En definitiva Sherman reflexiona sobre la imagen femenina en la sociedad contemporánea desarrollada pero las mujeres que aparecen en sus fotografías, ni son ella misma, ni existen en realidad (y, por tanto, esas fotografías, teóricamente, no son retratos de nadie).

En cambio, nuestra joven autora está investigando con imágenes estereotipadas de otro tipo de mito no tan genérico, un nuevo tipo de mito. El que, de uno mismo y su imagen pública, cualquiera -con capacidad para ello- se puede llegar a construir en esta era de las redes sociales e internet. Hay 30 años de diferencia de edad entre una y otra autora. Hay hoy, por tanto, diferentes reivindicaciones y necesidades, diferentes medios de producción, difusión y consumo de imágenes. No es que Virgolini piense que la lucha contra los estereotipos de género (femenino) esté concluida (y, de hecho, si lo pensamos bien, su trabajo no los excluye). Pero ahora mismo hay nuevas realidades y nuevos mitos ahí fuera por deconstruir que son más cercanos a su realidad social e histórica, a los anhelos y necesidades de una joven de su generación. Una generación que, como le corresponde y es lógico, invade sin miramientos nuevas fórmulas de los temas que nos ocupan. Simplemente. Virgolini, por tanto, como Sherman, apuesta por un también- yo múltiple y polifacético. Pero (a diferencia de aquélla), lo hace por un yo múltiple y polifacético de sí misma. Por ese motivo, sí que encontramos a la propia Dalila Virgolini en todas sus imágenes (lo que no pasaba con Sherman). De hecho es lo más subrayable de su obra. Pero insistamos en que hay, para comenzar, dos Dalilas en cada imagen (y eso es lo que las comienza a hacer especialmente válidas), hay un agente actor y otro director (o creador, o autor) en cada una de ellas. Y no es otro en todos los casos que la propia autora.

Pero, profundizando, hemos de decir que hay una Dalila Virgolini más en cada una de sus imágenes (la tercera, la que consigue hacer este trabajo revelador y lo separa conceptualmente del de la norteamericana): en todas sus fotografías ella misma es la modelo, el personaje y la autora. En las fotografías de Sherman, ella misma es la autora y la modelo, pero nunca el personaje. Ésta es la clave diferenciadora principal entre ambas artistas. Las dos trabajan con imágenes de mujer. Pero, conceptualmente, la obra de Sherman pretende ser una reflexión sobre <<la mujer como imagen>> y la de nuestra joven autora, sobre <<Dalila Virgolini como imagen>>. Ya lo dijimos, una trabaja en abstracto, la otra en puro específico. En cualquier caso, no quisiéramos finalizar esta parte del análisis sin señalar que la obra de Virgolini bebe también de otras fuentes importantes. De hecho ella declara su sincera admiración por el trabajo de Andy Warhol, Sophie Call y Sam Taylor Wood (nada más y nada menos) *4.

En lo que respecta a su apartado videográfico (que nuestra artista tiene en pleno proceso de ampliación para obtener un mayor número de piezas) se ha de decir que encontramos en él una perfecta continuidad a lo que es el resto de su obra (si bien hay que matizar que es un apartado que resulta más descarnado y voyeur que el fotográfico). En sus pequeños filmes5 Virgolini juega voluntaria y -en el fondo- provocativamente (de una manera menos preciosista pero más cruda) con la mirada inquisitiva de terceros, una mirada impune que fisgonea y casi viola su intimidad. Que indaga sobre sus momentos más personales (incluidas sus relaciones de pareja, de amistades, de familia) y que se adentra en un mundo privado al que, en principio, no le correspondería el acceso (situación que le parece excitante a nuestra autora). Un mundo que el propio medio (la web) hace que se vea con una perspectiva nueva (mediática), convertido en un espectáculo mucho más interesante que el de su funcionamiento real. Virgolini juega por tanto con los roles habituales en estos trabajos de corte voyeur: observador/observado, agente activo/ pasivo de la narración, espectador/espectáculo, privado/público, realidad/representación. Deliberadamente nos pone -como espectadores- en una posición de control visual y fiscalización. En estos vídeos la cámara observa, investiga y vigila (aunque en realidad no espía) a nuestra autora, captura esa parodia de diferentes intimidades de sí misma (Dalila durmiendo, depilándose, tiñéndose, en momentos de muy poca glamorosa privacidad, de aseo, desvestida, etc.). Sobre este aspecto, la propia autora afirma: <<Me interesa particularmente la mediatización de la vida privada como una costumbre cada vez más arraigada. En esta dicotomía público/íntimo encontramos que las dos esferas se solapan, cambiando incluso de sentido, confundiéndose entre sí. La introspección parece haber quedado debilitada, dando lugar a una nueva forma de definirnos. La intimidad es importante como parte de lo que somos, pero hay que mostrarla para confirmar que existimos>>.

En definitiva, y para ir acabando, podemos considerar que toda la obra de Dalila Virgolini es un proyecto en curso, abierto, que se desarrolla paralelamente a su vida, a sus experiencias vivenciales. Utilizando su persona como protagonista de sus imágenes presenta otro típico caso contemporáneo “real” (y estereotipado) de necesidad de audiencia para ser alguien, necesidad de proyección/exposición pública para labrarse una identidad personal satisfactoria (necesidad de una apariencia exitosa).

Además, su obra relaciona irónica e inteligentemente ese caso contemporáneo “real” con las ideas (tan de moda actualmente) de fama y culto a las celebridades y busca adelantarse a su propio mito con esa especie de diario biográfico personal en imágenes en el que juega con estereotipos y con conceptos como el glamour, el antiglamour, la realidad, la autenticidad, la apariencia, la tremenda ubicuidad de nuestra presencia gráfica (de nuestra imagen, de nuestro retrato) en este mundo de redes sociales, etc.

Por último, no nos deja de resultar curioso un aspecto anecdótico que parece ratificar que la opción creativa general y permanente que define artísticamente a nuestra autora (indagar sobre el propio mito e identidad pública) ha nacido en ella del todo acertadamente. Esa anécdota parece indicarnos que Dalila Virgolini estaba predestinada a adentrase en el mundo del arte con una obra como la suya. Que es la propia vida la que le ha llevado inevitablemente a un proyecto como ése. La anécdota sucedió en un viaje que realizó el año pasado. Ella lo relata: <<En mayo del año pasado viajé a China como regalo a mi abuelo por su 80 cumpleaños (vine a saber, a tiempo, que era el sueño de su vida conocerla) y, pese a que no era el destino que alguna vez hubiera elegido por mí misma, me terminó sorprendiendo gratamente. La sorpresa extra del viaje fue un fenómeno que me ocurrió y que desconocía por completo y que no fue otro que descubrir la acentuada curiosidad que suscitaba en los autóctonos la presencia de un extranjero. Ya el primer día me detuvieron en el paseo unas cuantas veces para hacerme fotos y, aunque viajábamos en grupo, pude comprobar que era exclusivamente mi persona la que les interesaba. Pedí a mi novio que fotografiara todas las "fotos de fotos" y al regreso pude sacar algunas conclusiones y plantearme otro montón de inquietudes. Mi interés por el suceso creció cuando colgué las fotos en Facebook aludiendo a mi fama en este país y recibí múltiples comentarios de felicitación (!). Aquello se transformó automáticamente en un falso documental que abría dos reflexiones principales: por un lado el imaginario colectivo chino sobre los occidentales y, por otro, la cuestión de la identidad dentro de un mundo virtual en el que cada uno se proyecta al mundo como espera que lo vean>>.

Al respecto, nuestra joven montó un divertido vídeo que corona -artística y conceptualmente como pocas cosas pueden hacerlo su obra general. Les recomiendo que lo vean. Al final del mismo se proyectan las fotos originales del viaje. Ahora su intención es poder volver a China para hacer el experimento de un modo más serio. Buscar esos encuentros espontáneos en los que la gente la detenga para fotografiarse con ella y obtener mediante la directa experiencia real, una idea más próxima del segmento concreto de la población china que manifiesta ese interés particular -¿por ella? ¿por qué, exactamente?- y las claves desconocidas pero muy ciertas de esa motivación. Virgolini me lo escribe: <<A través de esas nuevas imágenes-testimonio, quiero averiguar los condicionantes que podrían marcar esta tendencia, y experimentar también con mi propia imagen (siendo que durante el viaje realizado se acercaban a mí y no a los demás, me interesa verificar qué sucede vistiéndome de un modo u otro, con el pelo rubio o moreno, en puntos turísticos o no, acompañada de otros occidentales, orientales o sola ...)>>. Conociendo su celo creativo, ahí tiene un filón para su propio personaje. Ya lo veremos.


Jesús Micó (Barcelona, 8 de mayo de 2011)

 

*1 Aceptando, como no podía ser menos, que esta categorización es tan laxa como tópica: sabemos positivamente que el universo creativo de una fotógrafa puede ser en todo equivalente al de una artista. Y de hecho no trato de hacer una valoración jerárquica entre uno y otro tipo de universos -licencia que, de haberla hecho, sí que no se me debería haber perdonado-. Lo que sí he querido matizar es el perfil creativo de Virgolini basándome en la idea extendida -aunque del todo cuestionable- de que trabajos de corte menos “documental” y más -de corte- “construido” suelen ser realizados por autores/as a los/las que categorizados como artistas más que como fotógrafos. He utilizado este manido recurso para simplificar y ser más didáctico. En cualquier caso, adelanto que nuestra autora trabaja no sólo con el medio fotográfico sino también con el videográfico y, de alguna manera, el arte en red.

*2 No sé por qué pluralizo: ni tengo facebook ni twitter.

*3 y ¿por qué no mencionar también a una pionera en el tema que nos ocupa como fue Claude Cahun?.

*4 Incluso hay una imagen que parece ser una parodia de la obra de Loretta Lux, dejo al lector la interrogante para que lo averigüe. Véase también su retrato a la manera de “carta de visita”.

*5 Para comenzar, sólo hay que ver la enérgica -y divertida- entrada en su web.

 

 

   
     
     
     
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